No lo decía yo, me lo repetía él cada que teníamos oportunidad de coincidir. No fui muy allegado a él, pero siempre lograba sacarme una carcajada a través de una buena anécdota suya, de mi papá o mis tíos. Hombre muy hábil, recio y necio, genio y figura hasta la sepultura como todo buen Arellano; presumía que después de andar de pillo, siguió el ejemplo de sus hermanos Epi y Edgar dedicándose al periodismo de forma hábil, pues con orgullo decía que este oficio te da licencia para sablear gente. Y hablando de sablazos EN UNA OCASIÓN QUE MI PADRE me mandó a hacer una diligencia con él allá por Acaponeta, si mal no recuerdo mi tío traía un viejo Ford Escort, sin placas, pero con su calcomanía de prensa -que antes servía como charola, hoy sólo para al menos identificarse-; en el trayecto de un punto a otro, nos paró un policía federal, nervioso yo por saber que el carro no tenía placas y que incluso nos lo podrían quitar –pues tenían fama de ser muy bravos los agentes federales allá a finales de los 90’s- le dije a mi tío: chin, y ahora qué? a lo que me responde muy tranquilo –uy hijo, ya chingamos, de aquí sale para la gasolina y comida, se baja contento del carro y, después de un breve diálogo con el agente, regresa con una sonrisa de oreja a oreja con billetes en mano y dijo: Ya chingamos, no le reportes a tu padre que te toca menos tajada Al final del día no pusimos gasolina, ni me llevó a comer y mucho menos me dio mi aletazo como me prometió, pero supongo aquél Edgar Chiquito alguna lección de bandidaje aprendió; y ese conocimiento vale más que cualquier tajada.
Descansa en Paz, querido Tío, ya estarás riéndote a carcajadas con mi padre y mi tío Epi con quienes siempre compartían risas cada que se veían. Abrazo hasta el cielo, descanso eterno para ti y pronta resignación a los que te llevamos en el corazón.
Y en efecto, eras bandido, te robabas rápido el afecto de la gente.